La inocencia nos resulta muy atractiva. En ella vemos sencillez, simplicidad, coherencia, talento para percibir la verdad y una gran capacidad creativa y para amar. Sin embargo, hoy en día es un bien escaso cuya durabilidad se acorta con el paso de los años. Pensamos que todos los niños son inocentes hasta cierta edad, pero en la mayor parte de los casos ya no es así. Para lograr sus intenciones, cada vez aguzan más los sentidos y se valen de estrategias de adultos, eso sí, aún mezcladas con una pizca de inocencia, mientras nosotros seguimos felices en nuestro desconocimiento. La televisión, las conversaciones de los mayores, los dibujos, los videojuegos, el entorno…: todo contribuye a que descubran más rápido las incógnitas de la vida y del ser humano.
Es por ello por lo que, cuando la percibimos, nos sorprende y agrada, aún más si sus poseedores son personas adultas. La sinceridad y la naturalidad que desprenden nos inspiran confianza y nos enamoran. Nos atraen su pasión, su curiosidad y, a la vez, su aparente vulnerabilidad. Es un don que se extingue y que nos gusta sentir cerca; no obstante, en general no deseamos poseerlo, al creer que así seremos menos manipulables. Pero ¿por qué, si con la pérdida de nuestra inocencia primigenia nos abandonan esa confianza y esa curiosidad inicial apasionadas? Pues por el miedo que, al morir esta, nace y nos llena de temores, mentiras y tristeza, hace que nos acostumbremos a esa actitud y nos empuja a adoptarla como disposición natural. Dejémonos de tonterías, seamos más atractivos y volvamos a la inocencia.
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